miércoles, 13 de abril de 2011

Caminando por Caracas / 1. La Castellana: “Esconderse en un rincón del mundo”


A Javier Marichal, educador sentimental

Dicen que a mediados del XX, después de que nuestras calles de tierra pasaron a ser de asfalto y decidimos ser una ciudad “moderna”, el valle nos quedó pequeño y empezamos a vivir apretados. Ante esta ciudad que llena lo verde con asfalto y frente a algunos habitantes (y gobernantes) que nos quitan el poco espacio que queda decidí un día conquistar mis propios lugares. Descubrir sus retiros raros. Cada rincón nuevo que surge del descubrimiento lo siento mío, como si me hubiera estado esperando siempre para alegrarme entre tanto caos. Así, caminando por La Castellana, llegué un día a la Librería Estudios.

Escondida en un lugar que no le hacía justicia en forma a la esencia de lo que tenía en sus estantes y mesas, Estudios fue la primera de mis conquistas caraqueñas. Era un lugar para ir a sorprenderse. Y yo necesitaba mantener vivo mi asombro que a veces se dormía entre tanta automatización caraqueña. Sobre todo, era un lugar para aprender en esos días cuando la Academia se nos volvía pesada y la curiosidad rebasaba sus paredes.

Trabajando en el Banco del Libro, otro entrañable lugar, descubrí una Literatura Infantil diferente. Cuando preguntaba dónde conseguir esas maravillas porque necesitaba, más que verlas, poseerlas para poder disfrutarlas siempre, me hablaban de un gran librero que estaba en La Castellana, un hombre casi mítico, que todo lo sabía o todo lo buscaba y conseguía. Fue así como llegué a él. Yo no iba a Estudios por los libros, iba para que su gran librero me mostrara sus tesoros, y entonces ahí aparecían los libros. Al entrar caminaba de prisa los diez pasos que me permitían voltear a la derecha y verlo buscando maravillas en su computadora, sentado en su pequeño escritorio, donde siempre exhibía alguna novedad en la que yo pegaba los ojos y el deseo.

De esta conquista no sólo disfrutaba yo, éramos varios los compañeros de café, novedades y asombros; de tiempo en tiempo siempre hubo una tarde para tomarse un jugo en la Majestic y terminar hablando de música, de grandes ilustradores, de la vida, de todo lo que ese gran conversador tuviera tiempo de compartir. Cuando sabíamos que alguien se había dado su vuelta preguntábamos curiosos qué novedades traía. Siempre expectantes. Porque el señor Javier participaba de esa esperanza de los curiosos, y siempre salíamos con el alma- o esa cosa que nos mueve- bien llena. Además seguíamos vibrando cuando lográbamos, posiblemente después de haber perdido una tarde de clases católicas, volver a casa con una bolsa bajo el brazo y la mente demasiado activa.

Dentro de mis conquistas iba creando esa pequeña seguridad que necesita el que lo sabe todo cambiante e inestable; esperaba, con inocente fe, que eternamente se encontraran allí esos lugares, que la librería estuviera abierta siempre, porque sabía con certeza absoluta que el señor Javier me sorprendería con algo hasta la mañana de un sábado. Pero este abril a nuestra muralla se le cayeron varios ladrillos, de los que se encontraban en la base, además. Supe que, por motivos poco nobles, Estudios cerraría, que se perdería uno de nuestros refugios.

Intentamos adaptarnos a esta ciudad, pero otras manos mueven las piezas y nosotros no podemos controlar las jugadas mayores. A veces, impotentes, nos rendimos. Mantenemos la fuerza tan difícil de lograr, pero cualquier tarde pasan estas cosas.

“Descansamos sólo lo necesario para continuar”

El señor Javier ha sido parte de nuestra educación sentimental, él y sus libros nos han ayudado a hacer alma, y por eso después de la primera tristeza que nos produjo la noticia del cierre toca, como a los personajes de Jimmy Liao que él mismo nos descubrió, esconderse en un rincón del mundo, y pronto, muy pronto, asomar la cabeza y continuar.

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